¿Por qué las mujeres acaban decepcionándose de su príncipe azul?

12 10 2009

Si es cierto que la mujeres cambian sexo por recursos (en vez del consabido sexo por amor), resulta más fácil entender el síndrome del príncipe azul (por lo visto todavía vigente, aunque ya no sea una confesión homologada) y las razones de la cada vez más explícita decepción femenina frente a sus parejas masculinas por la doble moral

La hipótesis entre realista, biológica y antropológica de que la mujer busca en el hombre recursos mientras que al hombre le moviliza el sexo como primera urgencia, explicaría la típica diferencia de edad de las parejas clásicas: él debía ser unos años mayor que ella. Él ponía la experiencia (una forma de superioridad) y ella la belleza (una forma de gratuidad)
Digamos de paso que esta diferencia hoy se está ampliando, más allá de lo políticamente correcto y obligado durante siglos: es cada vez más frecuente que ellas busquen hombres mayores (los de su edad son demasiado inmaduros) y ellos mujeres cada vez más jóvenes (la demanda de mejores prestaciones sexuales ha dejado de estar prohibida por la doble moral burguesa)

Volvamos al príncipe azul. La capa romántica, reforzada por el infantilismo al que se constreñía la educación femenina, puede verse como expresión de la citada búsqueda de recursos. Ella esperaba la llegada del libertador que la cuidase y mimase como había hecho la familia nutritiva original. La coartada era sentimental, pero el objetivo era práctico. El príncipe azul no tenía por qué ser guapo como en las películas sino sobre todo capaz de aportar recursos: estabilidad económica, genes sanos, atención personalizada, protección frente al mundo. A cambio, ellas asumían un rol de mamás enfermeras que satisfacía el ego masculino, tan necesitado de aplausos.

Y ahí llegamos a la decepción de la mujer, tan evidente hoy y tan sublimado antes. Es la simple e inevitable consecuencia lógica del esquema anterior.
Ella sobredimensiona al príncipe, incapaz de soportar tal carga heroica a lo largo de años o décadas: por eso el amor apenas dure. Dura mientras él satisface su urgencia sexual (de ahí las típicas infidelidades masculinas, mariposeando de flor en flor para aplacarla) y ella choca con los limitaciones de los recursos prometidos. Dicho en otros términos: la pareja puede durar mientras él la siga proveyendo de recursos satisfactorios y ella le proporciones renovados estímulos sexuales.

Queda un punto por coger. El infantilismo femenino (protegida ella en la familia como sexo débil) se proyecta inevitablemente en la maternidad, y se contagia por esta vía a los nuevos hombres. Las mamás educan a sus hijos varones con el favoritismo secular asignado a los hombres. Se convierten en sus admiradoras para que ellos, sus niños, se sientan realizados: él es el más guapo, el más listo, el más víctima, el más desgraciado, el más valiente… el centro de una existencia mítica.
Así, ególatras de laboratorio, salen ellos al mundo con una necesidad implantada de ser adulados, la misma que tendrá que satisfacer la mujer que a su vez lo fiche como príncipe azul sublimando sus virtudes.

Doble engaño, que dura hasta que la convivencia rebaja la fiebre del flechazo y la volatilidad de una vida adolescente sin la presión de las imposiciones cotidianas.
Él (que es pasivo por naturaleza, recuérdese que ha sido fabricado para ser un héroe aplaudido) se cansa de aportar recursos y se relaja en la distancia corta. Ella (que es activa por naturaleza) se cansa de ver a su príncipe azul rascándose la barriga frente a la tele.

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