Mamá, mamá, mamá, mamá

30 06 2008

La principal diferencia entre un papá y una mamá es que el primero aguanta mal que un hijito se dirija a él repetidamente (“papá, papá, papá, papá, papá”) y se pone nervioso, mientras que una mamá lo acepta y me atrevería a decir que en ocasiones lo alimenta con su prolongado silencio despistado como respuesta.

Si has visto Buscando a Nemo recordarás al hijito repitiendo “papá, papá, papá, papá, papá”, pero es que en esta historia el papá adopta el rol de mamá, ya que esta había fallecido.
De nuevo, el papá es un suplente.





Mi mamá, mi teta

27 06 2008





Toda familia se funda en un esclavo

23 06 2008

El marxismo hablaba de estructuras: sobre la infraestructura económica de la relaciones de producción se levanta la superestructura ideológica de la religión, el pensamiento o la cultura.

Igual la familia. Sobre la capa afectiva de besos y saludos y celebraciones y abrazos y fiestas existe una capa cotidiana, la que asegura la compra, la comida, la economía, los arreglos de la casa, la ropa, la limpieza, la agenda, los desayunos, las visitas al médico, la colada…

Raramente el líder de una capa es el responsable de la otra. El jefe familiar tiende a delegar los trabajos de mantenimiento para así acaparar el foco de la atención. Igualmente los componentes del clan, los cachorros: aceptan que la abuela, la criada, una cenicienta cualquiera asuma el rol de la supervivencia.

Antiguamente, la esclava era el ama de casa, la esposa y madre que se encargaba de garantizar la satisfacción y estabilidad del marido y los hijos. Si había dinero, toda esta infraestructura iba a parar a la chacha, la jornalera, la mujer de servicio, la criada. Restos de la estructura aristocrática.

Hoy día, ¿a quién se le entrega el papel de esclavo o esclava? Más bien se rifa, se sortea de mala gana, sorteando responsabilidades. Todos están demasiado ocupados e identificados con el principio de confortabilidad de la sociedad del bienestar.
Recae pues sobre el más débil.





Cumple

23 06 2008

La pequeña Luti cumple 5 años y organizamos la fiesta para sus amigos en un chiquiparque de esos que preparan los bocatas y el pastel en un espacio de saltos y carreras.
Vienen como 12 niños y algunos de sus papás / mamás los dejan ahí saltando y corriendo después de casi pedir permiso. Pero otros se quedan, sentados y de tertulia, durante las dos hoas que dura la fiesta.
¿Quiénes se quedan? Todo mamás. Y alguna abuela. Ningún papá. Los papás que acompañaron a los niños se disculparon y se ausentaron hasta la hora de la recogida.

Una semana después, Luti es invitada a otra fiesta por el estilo. Piscina, saltos, perrito caliente y chuches. La acompaño pero decido no quedarme. Todo eras mamás, perfectamente organizadas y sincronizadas, repartiéndose el trabajo y las responsabilidades como si se tratase de un equipo. Con alegría y convicción.

No hay crisis ni replanteamiento ni cambio en este ámbito familiar. La infancia sigue siendo reino de las mamás. Tiene sexo femenino por mucho que se hable y legisle sobre paridad.
Y no hay discurso ni argumento para analizar estos reductos. Están blindados por la naturalidad de la Naturaleza natural.





Papá

2 06 2008

Este es un blog dedicado a la memoria de mi padre, y algunos de los posts tienen que ver con él.
Me gustaría recuperar más detalles de su personalidad, y le dedicaré textos y emociones.

Conservo algunas fotos suyas de cuando joven, esta época en la que casi todos somos guapos. Delgado y elegante, vestido de militar. Del tiempo de la guerra, de la cual tan poco me contó, sobre la nieve o montado a caballo.
Época mítica, ajena a la realidad que compartí con él. Del paisaje y amigos que aparecen en estas fotos, ningún rastro.

Reservado y discreto, mi madre me contó, siendo yo ya mayor, que acabó la guerra en la enfermería, atacado por la tuberculosis y sin un pulmón.

Los primeros recuerdos que conservo son apacibles y se insertan en un mundo desaparecido para siempre: pobre, austero, silencioso, artesano. Mi padre dibujando un léon copiado de un libro, para mi admiración. Mi padre subiendo las escaleras de casa, siempre medio silbando. Y los canarios. La cocina con jaulitas colgadas en la pared para disgusto de mi madre, en las que hacía cría de canarios, medio por placer medio por unas pesetas complementarias.

Una vez se cayó a la calle un canario con su jaula, desde el balcón en el que yo estaba sentado. Y se me ocurrió dibujar un canario y poner el dibujo dentro de la jaula vacía para que él, mi padre, no notase la ausencia al regresar del trabajo.

El resto de la infancia son fotos y unas pocas historias.
¿Fue real, soñado, contado o simplemente imaginado que en el pueblo donde pasamos unos días de veraneo él me llevaba sentado delante sobre el manillar de la bici que conducía? ¿O era una moto?
No creo que fuese una moto. A mi madre le daban pánico.





Papás con suerte

2 06 2008

Como otras cosas en la vida, ser un buen papá o no también tiene que ver con factores ajenos a uno mismo, eso que llamamos genéricamente suerte.
Vuelvo a mi abuelo. Patriarca exitoso, venerado mucho después de haber fallecido. Los largos años de franquismo jugaron a favor de su estilo autoritario, ejemplarizante y jerarquizado.
Pienso en mis padres. Les pasó justamente lo contrario, ejercieron contra corriente y sin entrenamiento previo. De golpe, cuando yo llegaba a la adolescencia, el mundo se hundió, y me refiero a una crisis fenomenal de valores, desencadenada como una avalancha: no les sirvió su buena voluntad, su dedicación irreprochable, su preocupación. Su rol fue barrido por la Historia. En apenas unos años, llegó la televisión, el mayo del 68, las caderas de Elvis o las melenas de los Beatles: fenómenos inéditos que rompían con todas las tradiciones conocidas. Y todavía llegó después la democracia (perseguida como un delito y un pecado: yo estuve en el calabozo varias veces a mis 17-18 años, y mi madre lloraba y lloraba su desgracia), el divorcio, el aborto o la práctica desaparición de la Iglesia Católica. Demasiado. Imposible procesar en vivo y en directo tantos cambios que atentaban contra la educación recibida, contra los principios que ellos mismos nos habían transferido a mi hermana y a mí.
Mis padres no pudieron entender una época radicalmente nueva, que además los juzgó culpables. Vivieron contra corriente: los nuevos tiempos, en vez de situarlos en el pedestal donde culminaron su carrera familiar mis abuelos y sus coetáneos, los tachó de carcas y los dejó sin recursos culturales. Mala suerte, papá