Con Elvis Presley la euforia productiva de postguerra descubrió el filón adolescente, convirtiéndole de golpe en sujeto activo del mercado. Elevado a la categoría de consumidor autónomo, las modas hicieron el resto alentando la cultura de la rebeldía y retratando al joven como prototipo de la sacrosanta libertad. El teenager es una figura exclusiva de la segunda mitad del siglo XX, para escándalo y confusión de unos padres que en poco tiempo han pasado de ser autoritarios tranquilos a liberales desorientados.
No repuestos del susto, ahora llega el siglo XXI con los derechos de los niños. Los jóvenes de acné, guitarra y moto están a punto de ser destronados en favor de sus hermanos pequeños. Ahora que se desvanece el conflicto generacional entre padres resignados e hijos quinceañeros con pasta, los peques toman el relevo: reclaman su propio estatus. Los derechos de los niños.
Basta revisar la publicidad actual. Con su galería de spots protagonizados por niñitos que ensucian su traje nuevo ante la mirada complaciente de la abuela, o que hacen la pirula al hermano mayor que se desvive por darles el potito, retrata la nueva realidad. El eslógan de la última campaña de una televisión de pago (“si no se la pones, atente a las consecuencias”) ya debe ser una frase común escuchada con paciencia por unos padres a punto de abdicar definitivamente y sin condiciones. Todavía se acuerdan de cuando sus hijos dejaron de llamarles viejos para tratarlos como colegas. ¿Y ahora? Os vais a enterar.
Artículo publicado en el diario Ultima Hora






