Lo he escrito alguna otra vez: los papás son siempre adoptivos, delegados del poder de las mamás. Figuras sustituibles, que en esta época de matrimonios rotos y familias desestructuradas, tienden a reconvertirse en padrastros: los hijos naturales quedan con la mamá biológica por orden del juez mientras el hombre pasa a ejercer el papel de papá con los hijos biológicos de su siguiente pareja.
El hombre, reproductor útil que tiene sus derechos como padre limitados a su rol de financiador. Los jueces no ceden parcelas de poder a los papás cuando se divorcian ni tampoco se los imponen en el caso de que no puedan demostrar rotundamente su fiabilidad.
Esta misma aureola de personajes secundarios, de suplentes disponibles, es traspasada a los hijos. Y se hace mayor en el caso de los hijos adoptivos que comparte con su siguiente pareja.
Me contaba una vez una amiga que le resultaba decepcionante la desaparición sicológica para con sus hijos de un novio con el que convivieron varios años y que había resultado un excelente padre para ellos.
Y es que los papás adoptivos desaparecen apenas la madre biológica cambia de pareja o se separa.
Como entidad añadida que era, al romperse la convivencia, la unidad familiar expulsa el cuerpo extraño.
Hay papás que no entienden esto o ni siquiera pueden verlo, y a veces lloran por las esquinas su desarraigo. Hablo de aquellos papás que quieren a sus hijos o hijastros, y los han cuidado con atención verdadera. Se les hace extraño quedarse de repente sin derechos ni identidad ni autoridad alguna.
Queda una larga y dudosa batalla por librar, equivalente a la planteada por las mujeres desde el siglo pasado, y lo que todavía les falta para conseguir el pleno reconocimiento de sus derechos en todos los ámbitos. La reivindicación masculina de la propia dignidad en el espacio doméstico y familiar está casi por estrenar. Sigue siendo un ser dependiente.
La madrastra era la mala en las leyendas y la literatura. Pero lo era porque se atrevía a usurpar el puesto de la madre.
El padrastro no llega ni siquiera a ser malo.