Pegar a los hijos

4 03 2009

Un día al llegar al cole para recoger a las niñas, la maestra de la pequeña me espera con inquietud. Me enseña el golpe en la mejilla de mi hija y me cuenta que le ha pegado un compañero de clase sin que la profesora pudiese evitarlo. Y me cuenta que es un niño difícil que suele mostrar una actitud violenta o rebelde.
Al cabo de unos días, a punto de entrar en el cole para también recoger a las niñas, me cruzo con un señor grande y fuerte que sale acompañando a un niño que le pega tremendo patadón en las piernas. Me quedo observando la escena. El papá ni se inmuta y sigue caminando, y el niño vuelve a pegarle con la misma rabia e impunidad.
Por supuesto, era el niño del incidente anterior.

Cuántas veces no hemos suspirado por una torta a tiempo viendo una escena como esta. Niños malcriados, con el umbral de frustración bajo cero y una tolerancia inifinita para con sus caprichos. Niños dominantes y tiranos, ignorantes del principio de realidad.
Quizás el cachete oportuno o el coscorrón imprevisto funcionaron durante décdas, siglos, como expresión del principio de realidad que obliga al niño a asumir sus propios límites, a madurar.

Sin embargo, nos resistimos a aceptar la homologación de cualquier tipo de violencia física. Será porque hemos conocido los abusos y perversiones que generó mientras estuvo vigente y recomendado. O porque la conciencia evolucionada de personas cultas, modernas y admiradoras de la Declaración de los Derechos Humanos nos impide asumir cualquier tipo de castigo físico, por lo que tienen de humillación del agredido.

Y así estamos, en una tierra de nadie, en una época de transición que se aleja del castigo corporal como herramienta educativa, sin haberla sustituida por otra realmente efectiva.