Si es cierto que la confianza da asco, y algunas familias son excelentes ejemplo de esto, también lo es que para llegar al odio se necesitan más componentes, entre ellos un tipo de intensidad emocional que no todas las personas destilan.
Escuchando un debate sobre música moderna, entendí una peculiaridad de algunas familias.
Decía un músico que cada vez que había tocado en un grupo había desarrollado al poco tiempo una relación de amor/odio hacia sus compañeros. Los odiaba individualmente porque se hacían demasiado evidentes y pesados sus defectos, demasiado cercanos. Pero suspiraba porque llegase la hora del ensayo, como si este momento le alimentase sin que encontrase sucedáneo.
Una adicción, exactamente. Odias el cigarrillo pero te encanta fumar, o al revés: placer y rechazo enlazados sin solución de continuidad.
Eso es, en ocasiones, la familia. Una adicción.
Un espacio de realización insustituible que sin embargo es origen de conflictos y violencia. Un referente que se nos hace imposible obviar, sustituir, olvidar. Que nos ata voluntariamente como una maldición: la que nos impide ser libres.






