Primero tenían su harén, a base de poligamias legales o no. Después vinieron las amantes como complemento de la esposa: el hombre rodeado de mujeres.
Pero el cambio feminista le ha dejado un poco solo, obligándole a buscarse la vida.
Afortunadamente, como la Naturaleza tiende a volver a su estado de reposo inicial tras un cataclismo, los hombres postmodernos se van reubicando.
Desposeídos de sus privilegios, han adaptado su código genético a las necesidades del mundo actual: el hombre ha aprendido a dejarse querer por una o varias mujeres. De sujeto activo a objeto pasivo, lo importante es que conserva su identidad: la dependencia.
El nuevo marajá se ha camuflado de hombre tranquilo. Sabe que las mujeres ocupan puestos de responsabilidad y que sacan punta a su ambición, pero no se da por enterado. Él, a lo suyo: mantener el estatus que la movilización feminista hizo peligrar.
¿Varón domado? Pues bueno, se asume este rol y punto.
Los que se rebelan son reliquias, estos machotes que prohíben a sus ex-mujeres que se separen de ellos y menos que salgan con otro. Ocupan las portadas, y seguramente hay muchos más de los que salen, pero son especie en extinción.
Los hombres del futuro inmediato aceptan la superioridad femenina, y se dejan querer. Por varias mujeres, si hace falta.






