Siempre había creído que la afición por pegarse como juego y broma entre los chicos era un ritual exhibicionista como el de tantos machos del reino animal.
Pero no.
Estando en la piscina, observé a un grupo de adolescentes que no paraban de perseguirse, lanzarse al agua, hundirse, pegarse, hacer cabriolas, entrar y salir antes de volverse a lanzar sobre alguno de ellos, darse patadas y volverse a tirar al agua, pegarse de nuevo… así durante minutos y minutos (cinco, seis, diez) Ininterrumpidamente.
Demasiado ritual, pensé. Además, se lo pasaban tan tan bien.
Entendí que el origen y el significado de este espectáculo universal era otro que el narcisismo o la demostración de fuerza.
No se trata de un rito iniciático. Es puro juego.
Aunque no hubiese chicas ni un solo bañista despistado, la fiesta sería la misma. Disfrutan entre ellos y no para otros.
La complicidad compartida remite al componente lúdico que los reafirma como género.
Quizás en su origen el hombre cazase como necesidad, después de como ejercicio de intimidación. Pero lo que ha quedado es la celebración.
Las chicas hoy día pegan por cuestiones de territorialidad. Ellos, por placer: basta verlos en la piscina para entender cómo se remontan a los orígenes. Ahí están igualmente los papás, los tíos, los seniors de cualquier grupo: también juegan a perseguir y tirar y hundir a los pequeños.
Como críos.






