La primera vez que me separé, una amiga me recomendó estar un tiempo solo. “Alquila una casa, con sitio para que tus hijos estén también contigo.” Pero ni alquilé la casa ni me fui a vivir solo. En gran parte porque era incapaz de imaginarme estar solo en una casa y mucho menos con mis hijos: una heroicidad para la que me faltaba entrenamiento, preparación, conciencia.
Entonces (estoy hablando de décadas atrás) los hombres pasábamos de las manos de la mamá a las de la novia/esposa. Una y otra nos cocinaban, esperaban, lavaban la ropa, arreglaban la casa.
Si quisiera resumir esta situación en una imagen usaría la de la hermana del párroco. El párroco con sus misas, sermones, catequesis, reuniones y demás protagonismo social mientras la hermana anónima hacía las veces de ama de llaves.
Detrás de todo gran hombre…
Años más tarde, un amigo (quizás mejor: un conocido) me pidió consejo. Llevaba meses, quizás años rumiando separarse de su esposa y no sabía cómo encarar la situación. Y me buscaba porque yo tenía experiencia. En vez de dejarle sin respuesta, le recomendé que se alquilase una casa para él solito con espacio para compartir con sus hijos.
Como suele suceder, el consejo sirvió de bien poco. Su separación también fue un desastre.
Puede que hoy día estas anécdotas hayan sido superadas por la moda y la Historia. ¿Han quedado desfasadas? Creo que no.
Pero este es tema para otro post…






