Y no me refiero a estos casos atípicos de famosos lanzados a la paternidad senil por su cuarta o quinta pareja veinteañera con ganas de procrear genes de marca. Paul McCartney, Andrés Segovia, Anthony Quinn…
Me refiero a un prototipo en expansión, que seguramente irá a más. El papá-abuelo, este papi sesentón que empieza a generalizarse y ya apenas llama la atención de nadie.
Estaba el otro día en la piscina y un nadador llamó la atención a uno de los niños que jugaba en el agua, por invadir el carril reservado a los que van allá a entrenarse a base de hacer piscinas. Pero el niño ni le oía.
-¿Dónde está tu papá?
Al fin el niño se enteró de la regañina y contestó:
-Es este
Y señaló a un señor sentado a mi izquierda. Gordo y mayor, hasta aquel momento yo pensaba que era su abuelo. Recibió el reclamo y quitó hierro al asunto.
Pero al volver a la silla se desfogó con una señora sentada a su lado:
-Pero, ¡qué se ha creído! Yo voy a la playa y me tiran arena o me salpican en el agua y no se me ocurre quejarme. ¡Qué poca paciencia! Este es un amargado. Pero si mi hijo peca de inocente. Es demasiado buena persona. Además, a la edad en que lo he tenido es como un regalo para mí. Una bendición…
Y así sucesivamente.
Los papás-abuelos se generalizarán. Asustados durante años, los hombres del futuro no se atreverán a tener hijos. Hasta que una jovencita con fuerza y ambición vital los fiche ya maduritos y en segundas, terceras o cuartas nupcias, los arrastre a la paternidad.
Niños sin referente masculino, paterno.
Así serán, ya son así, los niños de ahora. Educados por madres solteras, por abuelas siempre con más vocación y tiempo que los abuelos, por monitoras y maestras de guardería.
Papá-abuelo, papá-florero: al fin y al cabo, un destino soportable para unos señores canosos con ganas de lucir dinero, mujer joven y bebé en cochecito.






