Amor/odio

31 07 2008

Si es cierto que la confianza da asco, y algunas familias son excelentes ejemplo de esto, también lo es que para llegar al odio se necesitan más componentes, entre ellos un tipo de intensidad emocional que no todas las personas destilan.

Escuchando un debate sobre música moderna, entendí una peculiaridad de algunas familias.
Decía un músico que cada vez que había tocado en un grupo había desarrollado al poco tiempo una relación de amor/odio hacia sus compañeros. Los odiaba individualmente porque se hacían demasiado evidentes y pesados sus defectos, demasiado cercanos. Pero suspiraba porque llegase la hora del ensayo, como si este momento le alimentase sin que encontrase sucedáneo.
Una adicción, exactamente. Odias el cigarrillo pero te encanta fumar, o al revés: placer y rechazo enlazados sin solución de continuidad.

Eso es, en ocasiones, la familia. Una adicción.
Un espacio de realización insustituible que sin embargo es origen de conflictos y violencia. Un referente que se nos hace imposible obviar, sustituir, olvidar. Que nos ata voluntariamente como una maldición: la que nos impide ser libres.





Los nuevos marajás

30 07 2008

Primero tenían su harén, a base de poligamias legales o no. Después vinieron las amantes como complemento de la esposa: el hombre rodeado de mujeres.
Pero el cambio feminista le ha dejado un poco solo, obligándole a buscarse la vida.

Afortunadamente, como la Naturaleza tiende a volver a su estado de reposo inicial tras un cataclismo, los hombres postmodernos se van reubicando.
Desposeídos de sus privilegios, han adaptado su código genético a las necesidades del mundo actual: el hombre ha aprendido a dejarse querer por una o varias mujeres. De sujeto activo a objeto pasivo, lo importante es que conserva su identidad: la dependencia.

El nuevo marajá se ha camuflado de hombre tranquilo. Sabe que las mujeres ocupan puestos de responsabilidad y que sacan punta a su ambición, pero no se da por enterado. Él, a lo suyo: mantener el estatus que la movilización feminista hizo peligrar.

¿Varón domado? Pues bueno, se asume este rol y punto.
Los que se rebelan son reliquias, estos machotes que prohíben a sus ex-mujeres que se separen de ellos y menos que salgan con otro. Ocupan las portadas, y seguramente hay muchos más de los que salen, pero son especie en extinción.

Los hombres del futuro inmediato aceptan la superioridad femenina, y se dejan querer. Por varias mujeres, si hace falta.





Suegra: hay más de una

23 07 2008

Después de haberte casado, con o sin papeles, varias veces, la estructura familiar de referencia es un tanto extravagante.
Por ejemplo: ¿cómo llamar a la que fue la suegra cuando la primera pareja? ¿Ex suegra? ¿Primera (o segunda, o tercera) ex suegra? Y ¿a qué se refiere “primera, segunda o tercera”: a un orden cronológico o a una jerarquización afectiva?
Una solución: llamarlas por su nombre de pila, lo cual no suele bastar porque hay una cierta resistencia a nombrarlas en las conversaciones con la pareja actual y su correspondiente familia, que casi ven de mal gusto referirse con naturalidad a tales protagonistas del pasado. Además, puede pasar que dos de ellas se llamen igual. O peor: que tengan el mismo nombre que la suegra actual.
Y todavía peor: que uno de los suegros (o suegras) anteriores te caiga mejor que los actuales y se te note.





La mala conciencia del separado

23 07 2008

Más allá del formalismo legal, pocas separaciones se producen de mutuo acuerdo, aunque ambos estén de acuerdo en que la pareja no funciona. Y es que suele haber uno o una de las partes que lo tiene más claro o tiene más prisa que la otra parte. También pasa que una de las partes tiene más que perder y se resiste por miedo o comodidad.
Y esta asimetría de ritmos es la que lleva a las formas diferentes de vivir el mismo divorcio: quien se siente abandonado o traicionado tiende a reforzar la memoria y el victimismo, quien se siente liberado tiende a borrar la memoria a cambio, en ocasiones, de cargarse de mala conciencia.
La mala conciencia es mala consejera, ya la misma construcción lingüística lo expresa, porque distorsiona la realidad cubriéndola de una perspectiva sufriente y hace imposible el entendimiento con los demás. El complejo de culpabilidad es la contrapartida del victimismo, dos formas patológicas de magnificar las propias carencias. De ahí que las separaciones sean experiencias traumáticas y confusas, que todavía se complican más en el caso de que una o ambas partes permitan la intervención externa de familiares y amigos o en el todavía más delicado de que haya hijos comunes.





Juegos masculinos en la piscina

22 07 2008

Siempre había creído que la afición por pegarse como juego y broma entre los chicos era un ritual exhibicionista como el de tantos machos del reino animal.

Pero no.
Estando en la piscina, observé a un grupo de adolescentes que no paraban de perseguirse, lanzarse al agua, hundirse, pegarse, hacer cabriolas, entrar y salir antes de volverse a lanzar sobre alguno de ellos, darse patadas y volverse a tirar al agua, pegarse de nuevo… así durante minutos y minutos (cinco, seis, diez) Ininterrumpidamente.
Demasiado ritual, pensé. Además, se lo pasaban tan tan bien.

Entendí que el origen y el significado de este espectáculo universal era otro que el narcisismo o la demostración de fuerza.
No se trata de un rito iniciático. Es puro juego.

Aunque no hubiese chicas ni un solo bañista despistado, la fiesta sería la misma. Disfrutan entre ellos y no para otros.
La complicidad compartida remite al componente lúdico que los reafirma como género.

Quizás en su origen el hombre cazase como necesidad, después de como ejercicio de intimidación. Pero lo que ha quedado es la celebración.
Las chicas hoy día pegan por cuestiones de territorialidad. Ellos, por placer: basta verlos en la piscina para entender cómo se remontan a los orígenes. Ahí están igualmente los papás, los tíos, los seniors de cualquier grupo: también juegan a perseguir y tirar y hundir a los pequeños.
Como críos.





Cómo reconocer a un hombre

22 07 2008

Contaba mi tía (hará años y años, cuando no había tele y la gente caminaba por las tardes o charlaba por las noches tomando el fresco durante el verano) que durante la Guerra Civil se popularizó un sistema infalible para identificar sacerdotes que se hubiesen disfrazado de paisano para escapar de las iras de los rojos. Les tiraban, como sin querer, una moneda entre las piernas. Si las cerraba, era un cura: el reflejo pavloviano acumulado mientras vestían sotana les delataba.

Si en cualquier sitio (calle, plaza, piscina, jardín, patio…) se atraviesa una pelota perdida, podrás identificar igualmente el sexo de quienes se cruzan con ella.
Mientras las mujeres se la miran con curiosidad y en todo caso buscan con la mirada de quién pueda ser, los hombres irremediablemente se lanzan a ella para pegarle una, dos o tres patadas, de lo más realizados.





Soledad, femenino singular

18 07 2008

La primera vez que me separé, una amiga me recomendó estar un tiempo solo. “Alquila una casa, con sitio para que tus hijos estén también contigo.” Pero ni alquilé la casa ni me fui a vivir solo. En gran parte porque era incapaz de imaginarme estar solo en una casa y mucho menos con mis hijos: una heroicidad para la que me faltaba entrenamiento, preparación, conciencia.

Entonces (estoy hablando de décadas atrás) los hombres pasábamos de las manos de la mamá a las de la novia/esposa. Una y otra nos cocinaban, esperaban, lavaban la ropa, arreglaban la casa.
Si quisiera resumir esta situación en una imagen usaría la de la hermana del párroco. El párroco con sus misas, sermones, catequesis, reuniones y demás protagonismo social mientras la hermana anónima hacía las veces de ama de llaves.
Detrás de todo gran hombre…

Años más tarde, un amigo (quizás mejor: un conocido) me pidió consejo. Llevaba meses, quizás años rumiando separarse de su esposa y no sabía cómo encarar la situación. Y me buscaba porque yo tenía experiencia. En vez de dejarle sin respuesta, le recomendé que se alquilase una casa para él solito con espacio para compartir con sus hijos.

Como suele suceder, el consejo sirvió de bien poco. Su separación también fue un desastre.
Puede que hoy día estas anécdotas hayan sido superadas por la moda y la Historia. ¿Han quedado desfasadas? Creo que no.
Pero este es tema para otro post…





Combate mortal

18 07 2008

Condenado a 18 años el joven que mató a un bebé de un año, hijo de su compañera sentimental, porque éste le movió el brazo mientras jugaba al vídeo juego Mortal Kombat.

Los hechos: desde la cama, el pequeño introdujo una mano en los mandos y le hizo perder una partida, a lo que el acusado reaccionó “golpeando al niño con el puño cerrado en la zona abdominal”. El bebé cayó al suelo. Entonces, “el acusado cogió al niño por la cintura, lo levantó y lo lanzó sobre la cama, mientras el niño continuaba llorando y gritando”. En la cama, “le golpeó fuertemente en la cabeza con la palma de la mano derecha en la que portaba un anillo” y en la espalda con el puño cerrado. Después “dejó al niño en la cama, mientras éste gemía y se quejaba”, hasta que el pequeño se calló. Luego lo bañó y lo dejó solo (entrecomillados del escrito de la Fiscalía)

No importa dónde pasó ni de qué nacionalidad eran el joven y su hijastro.
Importa el sexo. ¿Podemos imaginar que hubiese reaccionado así una mujer igualmente aficionada a los vídeojuegos?

Hoy he leído un post en Blogpocket comentando en profundidad la noticia. Denuncia que todo esté permitido “en la mayor industria del entretenimiento”. Curiosamente, lo firma una mujer.
Los hombres, principales consumidores de vídeojuegos de contenido sexista y violento, ¿serían tan contundentes como Marta Madrid?

Enlace recomendado: Historia de la violencia en los vídeojuegos,





¿Un portal para papás?

9 07 2008

Descubro NetMoms, un “lugar de encuentro para madres en Internet”, con temas, mensajes breves, preguntas con respuestas, intercambio con otras mamás, fotos de hijitos… En fin, todo aquello que uno espera encontrar en una red social.
Mi pregunta: ¿uno espera encontrar en Internet una red social para papás?





Miniño

8 07 2008

Recibí a los papás de un alumno al que había tenido que reprender por acosar puntualmente a un compañero.
Durante toda la larga conversación, la mamá no dejó de usar el término “miniño”. Su hijo tiene 14 años pero ella se refería a él como una extensión de su propia persona. Defendiéndolo por supuesto e incluso contraatacando, cuestionando las medidas adoptadas, dudando de la veracidad del incidente.
-Miniño no es así, lo conozco demasiado bien como para creerme esta historia.

Desde entonces, me fijo en la forma de referirse a los hijos que manejan las madres, y tengo la impresión de que, sin repetir literalmente el término, su perspectiva es coincidente: “miniño” como categoría.

Me queda por confirmar si tal expresión posesiva y blindada también forma parte del repertorio sentimental de las novias, lo que implicaría que los niños pasan del dominio de la madre al de la novia o esposa.