Sigue siendo un misterio cómo y cuándo un hijo mimetiza patrones adultos, importados normalmente desde el repertorio materno o materno.
Por qué un hijo incorpora determinados mecanismos y fobias, mientras que otro otras, siendo el contexto y los estímulos los mismos o casi. Por qué los hermanos no reproducen el mismo esquema y la misma jerarquía de valores heredada. Por qué cada uno es una fórmula diferenciada, en ocasiones casi antagónica con las adoptadas por los demás hermanos.
No basta el argumento de la atención a la diversidad imperante en la ideología actual, que respeta y aún cultiva los elementos diferenciadores, aunque explicaría por qué hoy día son más acentuados de lo que se permitía en anteriores generaciones, sometidas a un molde más homogeneizador.
Tampoco basta la moderna fluctuación de una unidad familiar empujada por el estrés laboral, los viajes, los divorcios y demás factores disgregadores.
Cada niño (y me refiero igualmente al niño que pervive en nuestra personalidad, casi intacto e inmune en este sentido a los cambios de la madurez) es un cóctel sutil y en ocasiones nada explícito de las influencias materna y materna. Es más: de las que el padre y la madre arrastran de sus propios progenitores.
El niño se parece al abuelo materno, por ejemplo, incluso sin haberlo llegado a conocer. Y es que el hilo conductor de la herencia sicológica permanece vivo, en la medida en que sus transmisores lo asumen en sus propias vidas. Más fuerte y activo en la medida en que es más inconciente.
Uno de los principales objetivos de cualquier padre o madre debería ser sanear su propia herencia. Reconocer y elaborar hasta distanciarse los mecanismos que sus propios padres les han traspasado: gustos, prejuicios, aficiones, convicciones, hábitos, fantasías…
Y así aspirar a no marcar a sus propios hijos de forma exagerada u obligatoria.
Educar a un hijo debería incluir, por muy tópico que parezca, estrategias que impidiesen la mimetización de nuestros miedos, complejos, frustraciones y demás oscuridades del alma. No ofrecerse como modelo, o al menos favorecer el contacto con otros distintos.






