Milan Kundera (creo que en La vida está en otra parte) le dice a uno de sus personajes: “Tu mamá te tiene atado por un collar que te puso hace años y del que nunca podrás liberarte”.
Hasta tal punto estoy de acuerdo con la afirmación que a veces clasifico a las personas por el grado de sometimiento a esta maldición. Las que lo hacen de buen grado y total inconciencia, las que lo viven como carga, las que intentan tímidamente distanciarse del dominio.
Así como la dominación del padre autoritario al estilo patriarcal es severa y grosera, hasta el punto que genera la inevitable reacción de rebeldía (el famoso “adios al padre” o “matar al padre”), la dictadura femenina es sutil. La madre / abuela posee a sus hijos mediante el afecto y el chantaje emocional. Su omnipresencia está cargada además de una dimensión trascendente, que obliga a los hijos a asumir su dependencia como un acto de gratitud.
Un hijo nunca es suficientemente agradecido para con su madre. Le debe la vida. Y se la debe de por vida.
Por consiguiente, a la mamá no se la analiza. Quizás se pelea con ella, se la discute. Pero al final siempre se la devuelve al trono que nunca deja de ocupar. La figura matriarcal está blindada contra el análisis, seguramente porque analizar es una intromisión sicológica, una profanación de la intimidad, una invasión no autorizada.
El poder de la mamá en la nueva sociedad permanece intocable.






