Mi abuelo

11 05 2008

Mi abuelo se casó con mi abuela siendo ambos primos y ella una niña de apenas 15 años. Él debía tener cerca de los 23 o 24, y había cursado varios años de Arquitectura en la Universidad.
Crearon una familia numerosa y aparentemente feliz: 14 hijos, de los cuales sólo dos murieron de pequeños.
Mi abuelo murió tranquilamente a los casi 80 y ella superados los 90, dejando una buena colección de nietos y hasta biznietos. Vida estable y organizada, socialmente reconocida y cargada de éxitos familiares: ni siquiera la Guerra Civil rompió la integridad del grupo, en el que nunca se registro escándalo alguno.

De pequeño (mi abuelo ya había fallecido) encontraba su foto en todas las casas de sus descendientes. En la nuestra, claro, pero en la de los demás tíos y tías: en todas ellas colgaba la misma imagen oficial del patriarca, venerado todavía muchos años después y recordado por sus hijos e hijas a través de multitud de anécdotas contadas con carácter canónico.

Con el paso de los años, las modas y las ideologías, algunos modelos sociales también quedan afectados por estos cambios. Y ya no resultan tan ejemplares como entonces parecían.
La historia de mi abuelo sería uno de estos casos.

Dos anécdotas:
Una de mis tías acompañó a sus padres (mis abuelos) a una fiesta de lo más formal. Un chico le pidió para bailar y ella, modosa y obediente, pidió permiso al padre con la mirada. Él se limitó a mirar a la hija sin negar con la cabeza. Pero de regreso del vals, ella recibió un cachete en la mejilla: el padre, mi abuelo, le había pegado “por descarada”. Pero lo más interesante de la historia es el tono con que ella lo contaba, empapado de admiración por él.

Mi abuelo era aficionado a la homoeopatía, y guardaba en un armario de su casa (he llegado a verla) una buena colección de manuales y medicinas. En una ocasión, uno de sus hijos se puso muy enfermo, con altísimas fiebres. Tanto, que el médico que lo visitó casi lo dio por muerto. Pero mi abuelo se limitó a registrar el disgnóstico. No le aplicó al hijo la medicación recetada por el médico, sino la suya propia, aquella que la doctrina homeopática recomendaba como adecuada. Final feliz: el hijo se recuperó.

Mi abuelo era pues dominante y autoritario. En ninguna de las diversas anécdotas que me llegaron figuraba mi abuela, a pesar de que fue una figura siempre presente.
Lo que entonces pasa por una familia ejemplar (doce hijos educados de forma casi militar con éxito) hoy podría interpretarse como expresión de un modelo patriarcal criticable.

Y todo esto viene a cuento del mosntruo de Amstetten que tanto nos escandaliza. Sin duda, la mayoría de patriarcas admirables de un tiempo no eran torturadores ni violadores. Pero su amor por la familia y la esposa, su manera de gobernar al grupo tenía en común con el loco austríaco mecanismos parecidos: el absolutismo con que el patriarca decidía por los suyos, incluso contra ellos.

Es curioso: hoy día ha desaparecido esta figura del imaginario colectivo, tanto y tan deprisa que ni siquiera podemos aceptarlo como posibilidad histórica. Nos parece una monstruosidad.

Mientras las mujeres, como género, han elaborado un discurso reivindicativo que reinterpreta el pasado y funciona como estímulo del futuro, los hombres naufragan en la historia: ni siquiera reniegan del patriarca que les antecede porque está prohibido, o en el peor de los casos lo resucitan trágicamente y con torpeza al matar a la esposa que quiere la separación.