“Le compraba a mi hija flores y a los niños libros y juguetes. Solía ver películas con ellos mientras mi hija nos hacía la comida” ((Josef Fritzl, el monstruo de Amstetten))
Qué tierno. Afán dominador de vivir el sexo y la familia en un útero aislado del mundo. Furor regresivo por reconstruir el paraíso que sabemos desaparecido. Porque él no se enterró en el zulo: lo construyó para proveerse de la felicidad que vampirizaba a sus victimas sin derechos.
Imagen del patriarca, cercana a la realidad de un modelo que estuvo vivo durante siglos y todavía hasta hace unas pocas décadas.






