Mimamámemima, mipapámemima… La cosa viene de antes (¿de siempre?) pero ahora se ha acentuado. Mamás y papás están demasiado ocupados como para establecer pautas y mucho menos para vigilar el seguimiento de su cumplimiento.
Camino por la calle, con las dos hijas pequeñas de la mano. Al pasar por delante de la una tienda, observo cómo un niñito de unos 3 años le lanza un hueso de aceituna a una de mis hijas y le acierta en la cara. Me quedo mirando al niño, que me aguanta la mirada sin pestañear.
Sigo mi camino, al fin y al cabo mi hija tampoco ha protestado. Pero me giro, como si no acabara de entender la escena. ¿Con quién está este bichito?
Y me parece que la señora que habla con un tipo, al lado del niño pero sin mirarle, es la mamá.
-Perdone, señora, ¿es ud. su madre?
-Sí
-Es que le ha tirado un hueso de aceituna a la cara a la niña
Y ella me mira sin pestañear, como había hecho su hijito.
-Habrá sido sin querer
-Pues no me ha parecido
-Disculpe, caballero- me dice con retintín- ¿No se da cuenta de que sólo es un niño?






