El coleccionista

6 05 2008

El caso del sicópata austríaco que los medios están publicitando con todo lujo de detalles a su alcance (el pueblecito, la casa, el acceso al sótano, el hospital… están tomados por los periodistas) me ha hecho recordar una película que vi hace muchos años.
Es una de la últimas que filmó William Wyler, con banda sonora de Maurice Jarre. Se titula The Collector (1965) y está interpretada por un jovencísimo Terence Stamp, el cual compone un personaje absolutamente inquietante: un joven oficinista (no sé por qué lo asocio a Bartleby, el escribiente de Melville) tímido e introvertido, cazador de mariposas, rapta a una joven estudiante por la que se siente atraído. La película es la narración dramática de este cautiverio, una exploración de la dialéctica que se establece entre secuestrador y secuestrada.

Dos sicópatas que calculan milimétricamente su crimen, el monstruo de Amstetten y el personaje de la película de William Wyler. Dos incógnitas que expresan de manera tortuosa algunos de los peores fantasmas que empujan el inconciente masculino.
Por ejemplo, la necesidad de dominar como método con el que neutralizar un profundo complejo de inferioridad frente a la mujer. O la regresión uterina a un espacio sin contendiente donde poder realizarse en una vocación narcisita / exhibicionista de hijo único, de hombre único.

Para quienes no conocen el film, dejo dos fragmentos, el primero de 8 minutos y otro que es un trailer, con los cuales podemos hacernos una idea de la atmósfera viciada en la que se relacionan los protagonistas de la película de Wyler:





Niños mimados

6 05 2008

Mimamámemima, mipapámemima… La cosa viene de antes (¿de siempre?) pero ahora se ha acentuado. Mamás y papás están demasiado ocupados como para establecer pautas y mucho menos para vigilar el seguimiento de su cumplimiento.

Camino por la calle, con las dos hijas pequeñas de la mano. Al pasar por delante de la una tienda, observo cómo un niñito de unos 3 años le lanza un hueso de aceituna a una de mis hijas y le acierta en la cara. Me quedo mirando al niño, que me aguanta la mirada sin pestañear.
Sigo mi camino, al fin y al cabo mi hija tampoco ha protestado. Pero me giro, como si no acabara de entender la escena. ¿Con quién está este bichito?

Y me parece que la señora que habla con un tipo, al lado del niño pero sin mirarle, es la mamá.
-Perdone, señora, ¿es ud. su madre?
-Sí
-Es que le ha tirado un hueso de aceituna a la cara a la niña
Y ella me mira sin pestañear, como había hecho su hijito.
-Habrá sido sin querer
-Pues no me ha parecido
-Disculpe, caballero- me dice con retintín- ¿No se da cuenta de que sólo es un niño?





El hombre sin atributos

6 05 2008

Venganza de la Historia: basta que una mujer se disfraze de hombre para que se nos revele la barbarie masculina.
La publicidad, astuta y pionera, ya ha convertido en un clásico este tipo de caricatura: