Casi todas las contradicciones y confusiones del actual escenario postmoderno tienen que ver con la indefinición del rol masculino.
Mientras la mujer se ha independizado (económica, profesional, social, sexualmente) en relación al esquema anterior, y por tanto ha redefinido su espacio, el hombre no ha hecho un movimiento semejante. No existe ni siquiera una conciencia de tal necesidad. De ahí que el hombre en todo caso ha cambiado de rebote. Actualmente, el hombre es dependiente de la independización de la mujer.
Aplicado al esquema familiar, el marido pero sobre todo el padre es un suplente. La titular es la esposa – madre: es quien decide, quien toma decisiones y tiene iniciativas. El hombre, figura pasiva y secundaria, colabora (a veces a regañadientes) en las gestiones que ella no puede atender, por falta de tiempo o interés.
Si él acompaña a los niños al cole o los lleva al pediatra o les compra ropa o les prepara la cena o les cambia los pañales o los acuesta, es porque ella no está o está cansada.
El hombre postmoderno está preparado para asumir plenamente un rol familiar y doméstico. Pero no lo hace porque no le dejan, ni él lo reivindica, sobrepasar su condicion de suplente.






